Carta a un Amigo

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Hace un tiempo le explicaba a un amigo entrado en años la relación psicológica que había tenido con su padre. Padre al que había perdido y de lo que se lamentaba.

Ya no estaría presente para el, no podría decirle lo que significaba para el, lo que le amaba, lo que le dolía la pérdida.

Varios encuentros después continuaba con su dolor. Y le explique lo que nos sucede desde niños con ciertos padres y ciertas madres cuando en su exigencia hacia nosotros no nos dicen nunca que hemos hecho algo bien y siempre hay más exigencia.

De niños buscamos el abrazo de estos progenitores pero parece que nunca estamos a la altura para recibirlos. Parece que hemos dejado de saber hacerles felices pues ya no nos abrazan. Luego queremos demostrarles con nuestros hechos que somos formidables en todo lo que hacemos, esperando que un día nos lo digan y tener con esto algo parecido al abrazo. Tener el reconocimiento de un padre, de una madre, que te ha exigido la rectitud, su justicia, su perfección.

En los momentos en los que no puedes más, pues todo lo que haces no vale para obtener su reconocimiento caes en el desánimo, pierdes esfuerzo, te derrotas, caes en tu propio victimismo, y desde esa herida, le lloras o lloras esperando que como en la niñez venga a abrazarte, pues si no es de un modo, de otro, buscas su abrazo. Te enfermas, te destruyes, cualquier cosa para tener una muestra de su cariño.

Así a lo largo de tu vida vamos repitiendo ciclos de comportamiento en los cuales hacemos maravillas para tener su favor, su reconocimiento, verle feliz de nosotros y si no lo conseguimos de este modo, lloramos o sufrimos para que esté ahí para nosotros.

Muchas personas se comportan así con sus amistades a las que admiran y les dan el rol consciente o inconsciente de padres.

A veces me fijo en un niño que ha perdido su referente, a ese padre al que quiere satisfacer para tener reconocimiento, lo pierde por una muerte, por una separación o divorcio de sus padres o por cualquier otro motivo.

Que ves tu querido amigo en ese niño que ya no tiene un referente para el que ser y que le reconozca?

Ese niño, es el niño que habita en ti a cualquier edad y que se encuentra perdido sin ese referente.

Ese niño que un día de mayor se perdió en su tristeza por la pérdida de su padre y ya no sabe porque ha de luchar, porque ha de vivir, pues mientras su padre estaba a su lado, fuera como fuera para el, se exigía ser mejor para su padre. Pero ahora que su padre no está, no sabe para quien ser mejor, no sabe ser para el o por si mismo.

Y se siente perdido, no se entiende porque no llega a sus raíces para comprender el profundo significado del dolor de su pérdida. La honda huella que dejó en su vida, el sufrimiento del que no sale, el vacío que no se llena. No sabe para quien ser ahora y la vida sigue.

Durante el duelo se puede haber culpado por no decirle a su padre cuánto le amaba, le puede haber exigido entre lágrimas un nuevo abrazo que tal vez ya nunca sentirá.

Qué hacer ahora querido amigo? No tienes nada que demostrar a nadie.

Por eso no te liberas del sufrimiento. No encuentras el camino en ti, la motivación, la ilusión para continuar adelante. Y es duro, muy duro, tengas mujer e hijos, no es fácil de entender.

Pues ni tu entiendes porque vas abandonando todo. Porque ya no luchas la vida como antes.

Mi niño ya no está tu padre, ya no puedes ser el mejor para el, cumpliste por encima de tus posibilidades, te hiciste mejor que tú mismo para que el te sonriera, se sintiera bien contigo, te abrazara, te reconociera el gran hombre en el que te has convertido. Has superado todas tus pruebas, te has exigido ser mejor que cualquiera y ahora… ahora no hay juez que te diga cuanto vales y tu mi amigo no te sabes valorar, dar valor, verte, reconocer cuánto vales. Y te destruyes poco a poco, te consumes en tu dolor, y yo te veo en cada nuevo viaje, y siento en tu pecho tu dolor, tu pena, veo tu psicología, pero no te ayudo, espero a que del dolor renazcas, a que de tu propia caída te levantes, espero a que cuando termines de destruirte, te vuelvas a reconstruir porque yo si te conozco, soy tu amigo, se cuanto vales, pues crecí contigo, se de que material estas hecho, como fuiste forjado, quien fue tu herrero. Y por eso te espero, espero a que estés hecho a fuego vivo en tu dolor, a que renazcas de las cenizas de tu juicio, de tu destrucción, de tu abandono. Cuando ningún placer te satisfaga, cuando el amor no sea nada, cuando la desolación te seque y te quebrante del todo, te espero.

Espero a mi amigo, a ese que no le derrota nada, al que es capaz de levantarse de sus cenizas y aprender a quererse, a darse valor, a saber cuanto vale, y a reconocer que en el sufrimiento halló la humildad de un ser humano, la sencillez de la humanidad.

Por eso esta gran prueba Angel mio, tu mi amigo. Conocer la humanidad no es fácil, saberte dar valor desde tu humildad para aprender a creer en ti por ti mismo sin los ojos de tu padre no es fácil.

Pero es posible, yo lo hice y cuando creí que lo había logrado lloré una mañana amargamente pues amo a mi padre. Y esa mañana entró en mi el desánimo y sin esta carta no soy nadie.

Para ti mi amigo. Te amo.

Un fuerte abrazo y hasta mi próximo viaje.

Miguel Ucero

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