Cuento: El Cole de San Pietro (1ªParte)

san pietroEncajonado en un valle a poca distancia del pueblo, las paredes del viejo colegio parecían enclaustrarse en el tiempo. El silencio solo era amenazado por el ronroneo de las hojas de los árboles, al ser acariciadas por el viento ocasional. San Pietro, era como se llamaba el viejo colegio rural, sus muros hacían honor a su nombre y los edificios estaban construidos con piedras calizas talladas varios siglos atrás. Se acercaba la hora del recreo, los pájaros revoloteaban por el patio adoquinado atravesando las porterías de futbitol las cuales carecían de redes y seguían esperando por su mano de pintura.

Sonó el timbre y el estruendo de cientos de pequeños pasitos hizo temblar el sentido silencio. Los pájaros volaron rápidamente al viejo roble unos y a la encina otros, mientras que los más temerosos se alejaron aún más, queriendo llegar hasta la sabia morera que con sus frutos les alimentaba en verano. Eran los árboles que poblaban el patio del colegio, separados de su entorno, daban el toque de verdor a San Pietro.

Un clamor ponía fin a la calma de la cálida mañana. Era el chillar alegre y juvenil de cientos de gargantas infantiles que corrían divertidos hacia el patio. Era su descanso, dejar a un lado las clases durante un rato, el recreo. Un balón surgió de la nada y en un santiamén, una marabunta de niños se dividió en dos equipos y comenzaron a jugar un animado partidillo. Otros chiquillos, correteaban en un pilla a pilla, mientras otros estaban arrodillados con las canicas trapicheando con el “gua”. De aquí para allá todo era movimiento y diversión. Las niñas por otro lado, vestidas con su uniforme escolar, saltaban a la comba unas, mientras otras miraban a los chicos en un dulce opinar. Las más pequeñas vestían a sus muñecas y les decían lo lindas que eran.

Todo parecía ser normal, salvo por el chico que estaba sentado a los pies del viejo roble, todo era movimiento, menos él. Estaba solo, en silencio, sentado a los pies del viejo árbol. Permanecía muy callado, pensativo, parecía concentrado, inmerso en una lectura mental.

El cálido viento parecía hacerme llegar su nombre, era Pablo un chiquillo de 10 años, muy despierto para su edad. Contaban de él que desde los cuatro años ya leía cuentos y que a los cinco estaba leyendo pequeñas novelas y los libros que le iba dando su padre. Un padre con el que vivía largas conversaciones exponiendo sus ideas acerca de las lecturas, despertando en su imaginación historias increíbles.

Decían que desde chico jugaba al ajedrez con su padre y que era un portento, habiéndole ganado en alguna ocasión. Sus notas indicaban lo mismo, sobresaliente alto en todos los exámenes, su inteligencia era superior a la media, y su discernimiento claro y preciso. Había cultivado un carácter y una personalidad mucho antes que la mayoría de los niños, estaba siempre de buen humor, contento y solía gastar bromas a sus compañeros. Todos los niños le querían, era respetado y contaban con él para muchas actividades. Pero hoy, no jugaba, no parecía divertirse, estaba sentado, silencioso.

Raulillo corría por el campo de futbitol, chutó el balón y falló por muy poco la portería, en seguida fue detrás de la pelota para que no se les fuera muy lejos y poder así seguir jugando sin demora. Todavía retraído en sí mismo, Pablo apenas se percató de como el balón rodaba por su lado para golpear suavemente el tronco del viejo árbol y salir rebotado hasta quedar cerca de él.

Raúl llego hasta allí en un plis plas, cogió el balón y estaba listo para salir corriendo cuando se fijó en Pablo. Estuvo a un tris de tirarle el balón para sacarle de su ensimismamiento, pero se contuvo, camino despacio hasta Pablo y se sentó de cuclillas delante de él.

– Pablo, ¿Por qué no juegas hoy al futbol con nosotros? ¿Qué te ocurre? – le pregunto Raúl.
– Estoy confundido Raúl, las palabras del padre Lucas me pesan mucho. – le respondió Pablo.

Raúl, un tanto desconcertado por la respuesta, se olvidó del partido por unos instantes, y se sentó sobre la pelota. El padre Lucas era el viejo abad, prior de San Pietro, dirigía todo el colegio. Sabía de Pablo y de lo que era capaz, le había visto otras veces enfrascarse en conversaciones con los profesores y se armaba un revuelo considerable ante sus dudas y su forma de cuestionarlo todo. Además era un chico que nunca hablaba por hablar, por eso le respetaban y se valoraba mucho su opinión. Todos le seguían, parecía que no, pero si el decía de ir por allí todos confiaban en él.

Joselin corría hacia Raúl, en busca de la pelota, mientras el resto de los chicos gritaban por el balón. Se acercaba a Raúl corriendo y sonreía ante la perspectiva de chutar el balón que estaba debajo del culete de Raulillo cuando vio a Pablo sentado delante de él y cambió de idea.

¿Qué estaba pasando aquí? Pensaba Joselin. A Raúl le encantaba jugar al futbol y nunca se perdía un minuto del recreo para poder jugar y mucho menos no colar algún gol. Y ahí estaba, sentado sobre el balón mirando como un estúpido al empollón de Pablo.

– Raúl, ¿jugamos o qué? Se nos va el tiempo – le dijo Joselin
– Juega tú si quieres, – le dijo Raúl mientras le tiraba el balón.- yo voy a hablar con Pablo. – Le respondió Raúl.

Joselin agarraba el viejo balón parcheado entre sus manos mientras en su cara se reflejaba la sorpresa ante la respuesta de Raúl. Joselin, se dio la vuelta y chuto el balón en dirección a la cancha, pero en lugar de ir hacia el campo de futbol, se sentó al lado de Raúl, un tanto desconcertado y expectante.

– ¿Qué sucede Raúl?- preguntó Joselin.
– Esta confundido, no le gustan las palabras del padre Lucas. – Le respondió Raúl.
– Ah – dijo Joselin, sin entender nada.

El balón cayó en el centro del campo, y rebotó en el suelo un par de veces, sin que ninguno se moviera hacia él, todos miraban al trio de chicos que estaban sentados a los pies del viejo roble. Sergio y Javier ya caminaban hacia allí, estaban extrañados y curiosos, se dirigían hacia el grupito. Los demás empezaron a caminar detrás de ellos, mientras el pelirrojillo de Juan cogía la pelota y les seguía.

Por un momento la atención de todos en el patio se dirigió al campo de futbol, no había ruido, no jugaban, ¿qué estaba sucediendo? Se fijaron en como caminaban todos en dirección al Roble donde estaban sentados unos chicos, entre ellos Pablo. Pablo el listo, Pablo el brillante, Pablo el empollón, Pablo, estaba allí, sentado y callado. ¡Qué raro¡Debería estar colando algún gol.

Pepillo con las canicas, recogió las suyas en un momento y salió corriendo en dirección al árbol.

– Esto no me lo pierdo. – Les dijo al resto de compis. Pepillo era muy vivo, muy listo y sabía que había algo por lo que irse de allí y acercarse al árbol. Al momento todo el grupo delas canicas ponía rumbo al árbol.

Las chicas se movieron por inercia, y en un sin sentido, todo el cole se fue acercando al árbol, congregándose alrededor de Pablo. Llegaban y se iban sentando en silencio, en una especia de semicírculo cercano, arropando con su cercanía al joven muchacho.

– ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? – preguntaban en voz baja al sentarse.
– Esta confundido, le pesan las palabras del padre Lucas. – era la respuesta que recibían.
– Ah, solían responder o se quedaban en silencio expectantes, sentados en una piña.

Pasaron unos minutos, entorno al viejo roble, bajo su sombra y un poco bajo el sol de la mañana todo el cole se había arremolinado mirando a Pablo, era increíble, las nenas habían dejado a un lado las muñecas y copiaban el interés de las mayores por la situación que se estaba produciendo.

Había regresado el silencio, mientras el viento susurraba a las hojas la calidez de su presencia despertando en ellas preciosos y gráciles contoneos, los pájaros correteaban por el campito de futbol, buscando emular los goles en las viejas porterías. Mientras en el tejado un tordo contemplaba toda la escena sin que nadie lo viese.

Nadie se atrevía a preguntar. Raúl, fue el más valiente, sabía que no estaba a la altura de Pablo en cuanto a desarrollar ciertos temas, pero intentó esclarecer el asunto.
– ¿Qué ha pasado Pablo? ¿Qué dijo el viejo padre? – pregunto Raúl inquieto y expectante.

– Continuará –

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