Cuento: Maese el Alfarero de Toledo

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Era la época del Medievo en Toledo y en una de las calles de la judería trabajaba un alfarero, tenia gran fama por su trabajo, ya que su cerámica era muy, pero que muy fina, resistente, y bien labrada…

Aplaudido y envidiado, no había día que alguien no le alabara por su trabajo.

Este alfarero tenía un secreto… conocía de cierta planta, la cual crecía entre ciertas fechas, que al cortarla, desecarla, hacerla polvo y añadirla al barro que utilizaba, conseguía que en la cocción de este, la cerámica resultante fuese muy fina y espectacular.

El resto de alfareros, se veían obligados a doblar el grosor de la cerámica, y por ende su peso, para hacerla consistente y que soportase la cocción sin romperse.

Aun así, al tener que aportar más calor y tener que cuidar mucho más que la temperatura fuera estable en el horno, perdían muchos trabajos, y otros ni los comenzaban por imposibles…

No conocían el secreto de maese el alfarero de Toledo.

Con tanto halago, su fama creció, así como su posición en el gremio y su riqueza.

En su taller no había aprendiz, nunca contó su secreto, pues era avaro de conocimiento y temeroso de perder lo conseguido si otros compartían su saber. Su talento y su creatividad eran grandes para trabajar el barro.

Al término perdió su humildad y hasta dicen que ya no daba gracias al cielo por lo que está en el suelo y se creyó un gran creador de cerámicas riquísimas. Se jactaba y se vanagloriaba, su orgullo crecía sin medida. Se reía de todos los de su gremio, fantaseaba con sus nuevas creaciones, y se jactaba de quien y cual habían comprado sus cerámicas. Se ensoñaba como creador.

Y sucedió un invierno, que el viento cálido no subió del sur, y el frío del norte, hizo que la planta ese año no se diera en el lugar.

El alfarero agotaba sus reservas de polvos especiales y andaba preocupado buscando la planta por los alrededores.

Su producción disminuyo, pues caminaba por los montes a solas muchas horas preocupado buscando su planta, y tenía que dejar desatendido el taller, sus ganancias menguaban, la gente murmuraba de él.

Al término, no le quedaron los polvos de la planta que añadía en su justa proporción al barro para su trabajo y posterior cocción.

Cerró el taller, antes que producir cerámica de menor calidad, pues estaba apegado a su fama.
Camino, y camino por todos los montes de Toledo, gasto su riqueza, se desconsoló, se vio obligado a vender sus casas y sus tierras.

Nadie comprendía su actitud, y tampoco daba a nadie explicación, pues el solo conocía el arcano de su cerámica. Su secreto pesaba más que su vida.

Al final enfermo, cuentan que en su enfermedad, al ver el final del camino, se arrepintió de su vivir, y comprendió los errores que había cometido. Cuentan que pidió vivir y vivió.

Dicen que el alfarero, busco trabajo, y se hizo jardinero. Pasados muchos años, el viento cálido del sur volvió, y cuentan que aquel jardinero, una mañana encontró en uno de los jardines a su cuidado, la planta del secreto mejor guardado.

Cuenta alguno que por ahí paso, que vio al jardinero llorar entre desconsolado y alegre y regar con sus lágrimas la tierra en la que floreció.

El jardinero era muy mayor, y gracias dio, pues en una enfermedad pidió no morir sin antes ver a la planta del barro volver a vivir.

Cuentan que en su lapida mando poner:

“Gracias doy al cielo, por la humildad con la que riega el suelo.”

Miguel Angel Miguel

 

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