Joyas Malditas

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Vamos a comenzar este artículo haciendo un ejercicio de memoria y recordar la escena de una película que la mayoría hemos visto: Desayuno con diamantes…. Audrey Hepbrun, memorable Holly en la ficción, desciende de un taxi. Bella, sofisticada y elegante con un largo vestido negro. Se dirige a uno de los escaparates de la joyería Tiffany’s de la 5ª Avenida y contempla las joyas que se exponen mientras saca de una bolsa de papel un croissant y un café… y desayuna sin apartar la vista del escaparate.
Desde tiempos inmemoriales las piedras preciosas han ejercido en los seres humanos la misma fascinación que sentía Holly. Reyes, emperadores y la mayoría de poderosos de la Tierra las han exhibido engarzadas en sus coronas o sortijas como símbolos de poder y riqueza; pero no solo eran apreciadas por su belleza sino también por los efectos mágicos que se afirmaba dotaban quienes las portaban. Las piedras preciosas antes que como adornos fueron usadas como amuletos.
El Zafiro era un antídoto de los venenos y la amatista del alcohol; el jaspe alejaba los malos espíritus; la turquesa hacía que quien la portara no sufriera daño en las caídas; el rubí dotaba de invulnerabilidad; el heliotropo volvía invisible; la malaquita avisaba de los desastres rompiéndose en pedazos y el ágata otorgaba valor y alejaba las tormentas.
Entre las más importantes se encontraba la esmeralda que confería poderes proféticos. Todo ocultista sabe que facilita la adivinación y neutraliza campos de fuerzas negativas. La Esmeralda al igual que el Diamante, posee la cualidad de irradiar su fuerza en cualquier estado en el que se halle. fernando2
Y esto nos lleva hasta el Diamante quien debe su nombre al vocablo griego Adama, (indomable o invencible) Para poder tallarlo es necesario un instrumento que contenga una punta de Diamante.
Los diamantes vienen arrastrando desde el comienzo de los tiempos leyendas de desgracias, de muertes y tragedias, se habla de la maldición que algunos de ellos transmiten. ¿Verdad, mentira? ¿Casualidad o causalidad? Que cada cual saque sus propias conclusiones.
Comenzaremos con el diamante maldito por excelencia el diamante Hope. Este diamante tiene un peso de 45,52 quilates y posee un bello color azul marino.
En el año 1668, el comerciante Jean-Baptiste Tavernier se lo vendió a Luis XIV junto a 1200 joyas traídas de la India. La leyenda dice que lo robó del ojo de un ídolo esculpido en honor a la diosa hindú Sītā y que una maldición de los sacerdotes fue la que ocasionó la sucesión de desgracias que le han acompañado. Después de la venta, Tavernier cayó en quiebra y huyó a Rusia, donde halló la muerte devorado por lobos.
El monarca, mandó cortar la piedra y reducir sus 115 quilates a 67. Dicho trozo mineral comenzó a llamarse “Diamante Azul” y es convertido en un colgante. Madame de Montespan, amante del rey, quiso que Luis XIV se lo obsequiara. Poco después, perdió sus privilegios y murió olvidada por todos.
El siguiente rey Luis XV, poco amigo de las joyas, la mantuvo oculta. De nuevo aparece con la llegada de Luis XVI que lo regaló a Mª Antonieta de Austria que murió en la guillotina.
Durante la Revolución francesa, el colgante fue robado. Permanece unos años oculto hasta que en 1820 cae en manos del tallador holandés Wilhelm Fals quien parte la joya y hace dos. La primera la adquiere Carlos Federico Guillermo, duque de Brunswick. El duque de Brunswick tuvo que abdicar. De ese diamante se ha perdido la pista. La segunda la conservó el holandés. El hijo de Wilhelm Fals se lo robó y lo vendió. Cuando el joven Fals se enteró de que su padre había muerto de dolor se suicidó.
Después de pasar por un par de propietarios que lo vendieron al enterarse de las desgracias que ocasionaba acabó en manos de Jorge IV de Inglaterra. El soberano cometió el error de incrustar el diamante en la que sería su corona. Perdió la razón y murió 8 años después. Fue entonces cuando apareció Sir Henry Hope, un millonario coleccionista de joyas que sabía la mala suerte del diamante. Contrató a un grupo de rosacruces y les pidió organizar una ceremonia mágica, para exorcizar la joya y después del ritual se decidió a bautizarla su nombre y a partir de entonces se le llamó Diamante Hope.
Tras la muerte de Sir Henry sus sobrinos se disputaron la joya siendo al final Thomas Hope el poseedor. Poco después Thomas se declaró en quiebra y vendió la gema al tiempo que se divorciaba. fernando
Con el nuevo propietario un norteamericano de nombre Colot, regresó el maleficio ya que perdió la salud al mismo tiempo que la fortuna y la joya paso a manos del príncipe ruso Ivan Kanitowski. Este obsequió el diamante a una vedette del Folie Bergere y días después en una discusión la mató. Kanitowski murió en la revolución rusa.
El griego Simón Montarides, el siguiente propietario, no tuvo mejor suerte, se quebró el eje del carruaje en que viajaba y cayó a un barranco. No murió solo él, ya que además viajaban su mujer y su hijo
La joya acaba en manos del joyero Cartier quien la vende a la familia Mac Lean –Dueños del Washington Post–, con la clausula de que si alguno de ellos moría en 18 meses desde la compra les devolvería el dinero y una indemnización.
Evelyn Walsh no creía en la maldición aunque dos amigos les dijeron que la devolviera, esos 2 amigos murieron antes de esos 18 meses. Evelyn iba a las fiestas mostrándolo a los invitados, incluso se lo ponía al cuello de su dogo. A causa de su dinero y por culpa de amenazas de secuestro contrataron un servicio de vigilancia y protección. Aún así, uno de sus hijos, de 8 años de edad, murió atropellado. Luego otra de sus hijas falleció por sobredosis de somnífero. El padre murió en el sanatorio víctima de una depresión. La señora Mac Lean ordenó guardar el diamante durante 20 años en una caja de seguridad.
En los años 40 entró para ser tallada en los talleres de Harry Winston, quien después de pasear un tiempo con la piedra en el bolsillo, la donó al Smithsonian Musseum, en 1958. No la entregó en persona ya que la envió en un sobre de papel de estraza, por servicio postal.
El Diamante Hope no es un hecho aislado, se cree que el Koh-i-Noor “Montaña de Luz” en Persa, un diamante de 105 quilates, tiene una maldición que deja de funcionar cuando es una mujer la portadora. Todos los hombres que lo han poseído, o han perdido sus tronos, o han caído en desgracia. La Reina Victoria es la única monarca que ha usado el Koh-i-Noor. La historia de la maldición, data de un texto hindú que relata la 1ª aparición verificada del diamante en 1306. “ Quien posea este diamante dominará el mundo, pero también conocerá todas sus desgracias. Solo Dios, o una mujer, pueden llevarlo con impunidad “
Ha pertenecido a gobernantes Hindues, Mongoles, Persas Afganos, Sikh y Britanicos, que lucharon por él y fue tomado como trofeo de guerra una y otra vez. Al final la Compañía de las Indias Orientales se quedó con él para formar parte de las Joyas de la Corona Británica cuando la Reina Victoria fue proclamada emperatriz de la India en 1877.
Otro diamante maldito es el Black Orlov también llamado “ojo de Brahma” y con un peso de 195 quilates. A principios del siglo XX fue propiedad de un par de princesas tomando el nombre de una de ellas, Nadia Vigein-Orlov, la cual al huir de Rusia tras la revolución, vendió el diamante.
En 1.932 lo adquirió el comerciante de diamantes, J.W. Paris, quien murió al caer al vacío desde una ventana de un rascacielos de Nueva York. Quince años después, las dos princesas que habían sido dueñas del diamante murieron también suicidándose.
El actual propietario afirma que la maldición del diamante ya es historia. En 2006 la actriz Felicity Huffman iba a llevarlo en la ceremonia de los oscars y al final optó por no ponérselo, curándose de esa manera de los posibles efectos de la maldición.
No solo los diamantes han atraído la mala suerte, ese es el caso del Zafiro púrpura de Delhi. En realidad no es un zafiro, sino una amatista. Fue encontrada por el conservador del Museo de Historia Natural de Londres al realizar en 1970 un inventario de la enorme cantidad de minerales del museo, entre los cuales había pasado desapercibida durante años. La piedra estaba rodeada por un anillo de plata grabado con símbolos astrológicos y palabras mágicas al que se habían unido otras dos gemas talladas en forma de escarabajo egipcio.
Lo más curioso era la nota que lo acompañaba. Había sido redactada por Edward Heron-Allen, un conocido escritor y afamado científico que había sido su último propietario, y en ella afirmaba que la gema estaba “triplemente maldita y teñida con la sangre y el deshonor de todos los que la han poseído”.
Había sido llevada a Gran Bretaña por el coronel de caballería W Ferris después de que hubiera sido robada de un templo durante la revuelta hindú de 1857 y desde el día que fue suya, perdió salud y dinero y lo mismo le ocurrió a su hijo al heredarla.
La piedra llegó a Edward Heron-Allen en 1890 e inmediatamente comenzó a sufrir toda clase de desdichas, hasta el punto de que se la regaló a un amigo que se había interesado por ella y que no creía en la maldición, aunque no tardó mucho en devolvérsela después abrumado por todo desastre que habían acontecido en su vida..
Después se la entregó a una amiga cantante quien perdió la voz y nunca más volvió a recuperarla.. Desesperado, Heron-Allen la arrojó al Regent ‘s Canal, para deshacerse de ella. Tres meses después se presentó una persona para devolverle la gema de la que sabía que era propietario, después de comprársela a un dragador que la había recuperado del fondo del canal.
En 1904 Edward al creer que la gema estaba afectando a su hija recién nacida, la depositó dentro de siete cajas con una carta dentro y dio instrucciones a sus banqueros para que la guardaran hasta el día de su muerte.
La carta de Heron-Allen decía: “Cualquiera que abra las cajas leerá esta advertencia, y después hará con la gema lo que considere oportuno. Mi consejo es que la arroje al mar”.
Heron-Allen murió octogenario en 1943 y su hija la donó el Zafiro púrpura de Delhi al museo de Historia Natural.
Este ha sido un recorrido incompleto por una serie de joyas que de una forma u otra han transportado y transmitido la mala suerte. Solo me queda terminar el artículo recordando a Marilyn Monroe cuando cantaba: “Y al final todos perdemos nuestros encantos. Pero cuadrados o con forma de pera estas piedras no pierden su forma… Los diamantes son el mejor amigo de una mujer”

Fernando Gómez

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