Luz de Luna

cuento

En el anochecer del tercer día, desperté, estaba confuso, volvía a estar en mi cuerpo, me sentía algo aterido, tal vez un tanto entumecido, sentía los latidos de mi corazón, rítmicos suaves, apagados, el silencio se palpaba. Tanteé el espacio en el que me encontraba y recordé donde me habían dejado unos días antes, estaba dentro del sarcófago, en la Gran Pirámide. Estaba recibiendo mi iniciación, y si sobrevivía a esto estaría entre unos de los oficiantes del templo, mi status se habría elevado considerablemente, pero que pensaba yo, estaba vivo, lo había conseguido.

Había vuelto de entre los muertos, empuje la tapa del sarcófago hacia un lado y me fui incorporando poco a poco. Todo era más pesado, el ambiente era más denso, el movimiento costaba mucho más esfuerzo, las sensaciones de mi cuerpo se me acumulaban, lo sentía perfectamente, el agarrotamiento y los dolores musculares estaban presentes, tenía sed y un gran apetito, aunque después del ayuno prolongado de los últimos cuarenta días, debería comer con frugalidad.

Saqué la cabeza y pude ver la lámpara encendida en el muro cercano, la sala daba a un pequeño corredor oscuro que ascendía hacia arriba en una inclinación perfecta, mientras la luz pálida de la luna se dejaba entrever en el oscuro túnel. Era una obra prodigiosa de ingeniería, el aire se renovaba a pesar de estar en el subsuelo y los rayos de la luna accedían a la cámara. Bajé del sarcófago, un rudimentario calzón blanco me cubría las partes púdicas y desentumeciéndome, desperezándome, cogí la lámpara y salí de la diminuta estancia, la cual se encontraba entre las cámaras más profundas de la pirámide, muy por debajo del nivel del suelo.

Inicié el ascenso, poco a poco, después de 10 metros de desnivel llegaba el primer recodo y luego otro suave ascenso, para llegar a un segundo recodo donde el desnivel era un paseo corto hacia abajo, para luego retomar la pendiente ahora un poco más acusada pero favorecida por unos leves escalones realizados para tal propósito. Tenía que andar encorvado en todo momento, pues las dimensiones del túnel eran de menor tamaño que mi cuerpo. Gire de nuevo y me adentré en una sala, en la cual se podía ver la divinidad coronando el espacio y dos túneles más para recorrer. Conocía el camino y no temía perderme, ahora ya estaba unos metros por encima del nivel del suelo y continuaba el ascenso hasta la cámara del trono, donde me esperaba mi maestro desde hacía dos noches o tres largos días. A su lado aguardaba una bandeja de dátiles, una jarra de agua y pan.

Giré el último recodo, y llegué a la escala vertical que me permitiría llegar al piso superior, estaba justo debajo del sarcófago que presidia la sala real, subí por la escalera, moví la palanca y el techo se descorrió ante mis ojos, subí dos escalones más, accioné el resorte del sarcófago y este se abrió hacia mí, dejándome entrar en él, tras lo cual accioné la palanca para cerrar el suelo y luego cerré la trampilla del sarcófago.

Automáticamente sobre mi cabeza descorrieron la tapa del sarcófago, era mi maestro, se podía ver una sonrisa dibujada en su boca, me ayudo a salir y me abrazo, estaba orgulloso, bienvenido, me dijo con un saludo reverente, ahora era uno de ellos, tendría que acostumbrarme a mi nueva visión y aprender con todos los maestros del templo a conocer correctamente todo aquello que ahora percibía.

Me dio agua y una torta de pan ácimo, tendría que permanecer dentro de la pirámide un poco más de tiempo y recuperar fuerzas antes de volver a presentarme en el templo. Sería una gran fiesta. Era afortunado, uno de los pocos que ese año había sobrevivido a las numerosas pruebas y uno de los tres que pudo acceder al sarcófago sagrado en las fechas indicadas, justo cuando se alineaban los astros y permitían el paso al otro lado.

Me sentía libre, vivo, y feliz.

Miguel Angel Miguel Andrés
Un cuento de otro tiempo.

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