Mont Blanch

Mont Blanc

Estamos en la provincia de Tarragona, camino de una de sus poblaciones con encanto. Montblanc.

Al poco de llegar a esta urbe que vamos a visitar, tratamos de aparcar el coche en un lugar cercano al recinto amurallado, cuyo casco antiguo fue declarado Conjunto Histórico Artístico en 1948.

Ya solo con ver las murallas que circundan el centro del pueblo, tratas de ponerte en la época, evitando interponer en tu mirar alguna construcción más reciente. Poco a poco te vas haciendo a la idea de porque este enclave tiene el título de Villa Ducal desde 1387.

Entramos por una de las cinco puertas que en su día se abrían en la muralla, y quemont blanc nos dan acceso al casco histórico, recibe el nombre de portal de Sant Jordi, la puerta recibe el nombre en referencia a la leyenda que rodea a esta Villa de la Conca de Barbera, la cual nos cuenta como Sant Jordi mató al dragón.

Al adentrarme por sus calles, de la mano de mi pareja, no puedo dejar de ver los recuerdos del pasado que van surgiendo, ni contemplar en mi imaginación a los reyes que pasaron por aquí y dejaron su impronta en esta gran urbe, mientras asistían a las cortes.

Realizamos la visita a todo el casco histórico en dos días, nuestro pasear es tranquilo, ella, mi mujer, gordita de su embarazo, se permitía aun caminar cortas distancias con breves periodos de descanso.

De este modo en nuestra primera visita pudimos dar un pequeño paseo por el interior del recinto amurallado, para después perfilar todo el recinto histórico, rodeando la muralla y sus torres, sin dejar de visitar otros enclaves exteriores ajenos al espacio fortificado.mont blanc

En una segunda visita aprovechamos para disfrutar de la feria medieval que se celebra todos los años, por la festividad de Sant Jordi, (San Jorge, 23 de abril), que es cuando se organiza la semana medieval de Montblanc y durante dos fines de semana revive su pasado, luciendo en calles, plazas, y torres, las banderas y estandartes señoriales.

Durante estos días se celebran gran cantidad de actos que transportan al público asistente a la edad media, como son: la representación de la leyenda de San Jorge, las escenas de la vida cotidiana, la cena medieval, un encuentro de fuego, el mercado medieval, la escenificación de las Cortes Catalanas, etc.
Todo lo cual, ayuda considerablemente a mantener vivo ese recordar de otra época, otra vida ya vivida en un entorno favorable y contemplar cómo se viste todo el lugar de color a medievo.

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La Semana Medieval de la leyenda de San Jorge se ha convertido en el gran escaparate de Montblanc por su gran atractivo, es su fidelidad y rigor histórico en la recreación de las escenas, la variedad de actos y su gran proyección exterior lo que hace que haya sido declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional en Cataluña y en el Estado Español.

Según nos adentramos por sus calles no puedo dejar de recordar el transfondo histórico del lugar. En el año 1287, por el tratado de Olorón se autorizó a Montblanch a tener escudo propio, conservando uno de los recintos amurallados medievales más completos de Cataluña.

Como en la mayoría de las poblaciones, un asentamiento anterior en una zona da pie a un asentamiento posterior en una época diferente o de una cultura diferente, así en el Pla de Santa Bárbara hubo asentamientos desde el paleolítico hasta la época actual, habiéndose encontrado pinturas paleolíticas en las cuevas adyacentes al municipio. Hubo también poblados iberos de los cosetanos y se han hallado también rastros romanos.

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Se podría decir que la historia de la villa como tal comenzó allá por el siglo XI, cuando se fundó un pueblo conocido como Duesaigües, en el lugar en el que los ríos Anguera y Francoli se unian. En ese tiempo el conde Ramón Berrenguer IV, para favorecer la repoblación de ciertas tierras, otorgó licencias libres de impuestos a algunas poblaciones, entre ellas a Duesaigües, lo que hizo que los pobladores del lugar cambiaran su nombre a la población rebautizándola como Vilasalva o villa salvada, por estar libre de impuestos.

La necesidad y la adecuación hicieron que la situación de esta villa cambiase. Debido al clima eran continuas las inundaciones en la población por la confluencia de los ríos y además era necesario construir una fortificación en el camino de Lerida a Tarragona.

Por lo cual, el rey Alfonso I decidió trasladar la población a un monte cerca de allí, otorgando una nueva carta de población a Pere Berenguer de Vilafranca.

Fruto de este hecho nace Montblanc en febrero de 1163, la cual debe su nombre al montículo situado en el casco antiguo conocido como Pla de Santa Barbara, en este monte, no había huertas, era poco fértil, “Mont” es monte en catalán y “Blanch” es poco fértil, de la unión de estos dos vocablos surge el nombre de esta población.

El pueblo creció rápidamente y solo siete años después tenía su castillo y su iglesia románica dedicada a Santa María, surgiendo el barrio del mercado. Un siglo después se la dotó con nuevos privilegios reales y la concesión de mercados y ferias de ganado.

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De este modo se constituye la villa como municipio en 1284 siendo la veguería de Montblanch por orden de Pedro el Grande, fundándose las Escrivanias Reales y el Estudio Mayor.

La villa adquiere mayor relevancia y se construyen la iglesia de San Miguel y los conventos, así como la zona de la judería, el hospital-iglesia de San Bartolomé, el Palacio Real, la Casa de los Josa y la Casa de la Villa.

Es un siglo después en el XIV cuando Montblanch llega a convertirse en la séptima ciudad de Cataluña por número de habitantes y adquiere un notable peso económico.

Fue en esa época cuando el rey Juan I concede a su hermano el título de Duque de Montblanc, quedando desde entonces instaurado este ducado.

En esta villa se celebraron cortes en numerosas ocasiones a petición de diferentes soberanos o del parlamento general de Cataluña.

Es por el año 1640 cuando se dan obras de consideración, se construye la muralla con 31 torres y 5 puertas, la iglesia de Santa María., el hospital de San Marcial y el palacio de los Alenya, además, se cubrió el torrente Riuot que pasa por el centro de la ciudad y se edificaron molinos, puentes y la prisión.

La ciudad Montblanc de Tarragona es dueña de la tercera muralla más larga de España, tras las de Ávila y Lugo. La muralla está considerada la obra militar medieval más importante de Cataluña. Tiene un perímetro de 1.700 metros, más de 30 torres, almenas y paso de ronda.

Una época muy severa para esta finca fue la de la guerra civil catalana, a la que siguió la guerra de los segadores donde la ciudad quedó profundamente afectada en sus construcciones, perdiendo parte de las murallas y parte de la estructura de la iglesia gótica de Santa Maria.

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Es por estos conflictos y en esta época cuando la villa perdió su peso económico y político, en la comarca, llaman a este momento la gran quemada.

Poco después, relativamente, con la guerra de sucesión, la villa perdió sus privilegios y su veguería y posteriormente con la guerra de la independencia y las peleas entre liberales y carlistas dieron la puntilla a la urbe, la cual no se empezó a recuperar hasta el siglo XIX, gracias a la llegada del tren y al cultivo de la vid. Ya en el siglo XX la villa comenzó a tener una explosión demográfica y comercial.

Metido en el paseo, atravieso las calles de la ciudad, ensimismado en un medievo mental, las tiendas de la calle principal me hacen viajar a otro tiempo y verme en la figura de un panadero que bien podía ganarse el pan en este pueblo medieval, al tiempo que en mi creo recordar los gremios de artesanos y las monjas que atendían a los enfermos paseando por sus calles, mientras los payeses tiraban de sus carretillas de madera cargadas con sus mercancías.

Paseamos por sus calles adaptándonos a uno de los recorridos que podemos seguir en el plano que hemos adquirido en la oficina de turismo, y así entrando por la puerta de San Jorge, nos dejamos caer hasta la calle mayor para entrar en la iglesia de San Miguel de fachada románica.
Poco después continuamos nuestro recorrido por la calle mayor viendo los ricos dulces de los escaparates de la pastelería aledaña y girando ligeramente a la izquierda accedemos a la plaza mayor, la cual cada viernes acoge el mercado semanal.

Esta plaza cuenta con el ayuntamiento y las terrazas de los bares, se convierte en un centro de reunión, bordeando la plaza nos introducimos por una de sus calles laterales para ascender por las escalinatas a la perla de Montblanc. la catedral de la montaña o como se la conoce, la iglesia de Santa Maria la Mayor, a la cual accedemos para disfrutar del fresco interior que se contrasta con el calor del día que hemos elegido para nuestra visita, nada más entrar observamos sus proporciones con tintes de catedral y no de iglesia.

Poco después la vamos dejando atrás para subir al monte más elevado de la población donde podemos apreciar los cimientos ya derruidos de alguna fortificación o construcción muy anterior, y desde esa altura divisamos todo el entorno, pudiéndonos sacar alguna foto ocasional.

Bajando del monte salimos por una de las puertas de la ciudad camino del convento, al cual no nos es posible acceder, pero podemos ver sin embargo su iglesia aledaña, a la cual accedemos y la recorremos entera.

Desde allí continuamos nuestro recorrido bordeando la muralla, para llegados a la cercanía de la próxima puerta para dejarla a nuestras espaldas y sin acceder al casco histórico, buscar el rio, camino del puente románico, viendo a medio camino el antiguo hospital, en el cual nos adentramos, pudiendo contemplar su patio cerrado, y sentir la memoria histórica del lugar, teniendo vivos recuerdos de nuestra experiencia en dicho lugar.
Dejamos sin visitar, a nuestra izquierda y no demasiado lejos, aunque si, fuera del recinto amurallado y cruzando el río Francolí, el antiguo hospital de Santa Magdalena, reconvertido en el Archivo Histórico Comarcal

Con un paso tranquilo retomamos el acceso a la ciudad por la puerta que apenas veinte minutos antes habíamos dejado atrás para poder ver el puente románico y nos adentramos por la calle mayor, para terminar a media calle girando a la izquierda, camino de la judería y del palacio de Alenya, es un bello casco histórico, donde diferentes enclaves de restauración nos abren sus puertas para degustar de sus deliciosos manjares.

Ha sido un recorrido tranquilo, que nos ha llevado menos de tres horas en un caminar pausado y con paradas para reponer fuerzas. Es un paseo en donde hemos podido reencontrarnos con vidas pasadas y tener recuerdos nítidos de nuestras experiencias en dicha urbe. Un lugar mítico, abierto y acogedor que sabe explotar a la perfección su conjunto histórico.

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Entre las construcciones que podéis ver en este municipio están: los conventos de San Francisco, el cual es de los más antiguos de la comunidad catalana y el de La Merced, los antiguos hospitales de San Marcial y San Bartolomé y Santa Madalena, las iglesias de Santa María la Mayor, inacabada a causa de la peste negra y que la llaman la catedral de la montaña, y la iglesia de San Miguel, los santuarios de la Serra y la Ermita dels Prats, las ermitas de San Jose, de San Juan de la montaña y de Santa Ana, el recinto amurallado con sus puertas y sus torres, el Palacio Real, residencia ocasional de los reyes de la corona de Aragón, los palacios de los Josa, de los Castellví, de los Alenya y del Castellano, así como la Casa del Desclergue y la Casa de la Villa, la judería, que en su tiempo contó con dos sinagogas, la plaza Mayor y la calle Mayor, el puente viejo, románico, el torrente cubierto del Riuot y todo el casco antiguo. También cuenta la población con varios museos, como son: Museo-Archivo de Montblanch y Comarca, Museo de Arte Frederic Marés, Museo de Arte Palau Ferré, Museo Molinos de la Villa, Museo de Ciencias Naturales, Sala de exposiciones San Miguel, Leyenda de San Jorge.

Como dato de interés, está la historia de la Virgen de la Serra, en la que cuentan que la princesa bizantina Eudoxia Láscaris llevaba consigo una imagen de la virgen hacia la ciudad de Zaragoza y de repente, el carro en el que iba, no avanzó, es por este hecho que se supuso que la virgen quería quedarse en Montblanch. Era entonces el año 1296.

Terminamos nuestra primera jornada, comiéndonos una gran hamburguesa casera en uno de los locales de restauración de la calle mayor.

La jornada nos ha resultado muy interesante, con muchos sentires diferentes en diversos lugares, con visualizaciones de otras épocas, con reencuentros con viejas energías, y con la visión de un conjunto arquitectónico muy bello y llenito de lugares donde poder apreciar bellas disposiciones arquitectónicas.

Autor:

Miguel Angel Miguel.

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